martes, 20 de julio de 2010

Microcuentos de "Choros" del Puerto (Valparaiso)

Tres historias verídicas que dan cuenta de verdaderos choros, cada uno a su estilo y bajo un determinado contexto. Por Richard Muñoz Ojeda.

EL TRAFIC 

Por algunos años, 3 ó 4, estuve viviendo en la escala Murillo del Cerro Florida, a la orilla del ascensor del mismo nombre que hoy se encuentra cerrado. En ese tiempo, hace unos 8 años más o menos, todavía estaba en pie, aunque bien a mal traer una casa a mitad de la escala, subiendo a mano derecha, bien grande, de dos pisos, que era ocupada por una familia de trafic. En ese tiempo la escala era bien movida y peluda, siempre había algún atao entre los clientes que iban armados a comprar inclusive. Pero el más choro era el dueño de casa, un loco que esporádicamente se veía por ahí, iba y venía, moviéndose seguramente. Un día estaba mirando por mi ventana fijamente al horizonte y al ascensor que subía y bajaba, cuando en una de esas, a mitad del camino, el ascensor que iba subiendo, abrió su puerta, salió una mano por entre las rejas y la abrió, y saltó un compadre a mitad de camino al medio del cerro. Era el choro que les comentaba, el que acostumbrado a acortar camino, se baja a mitad del trayecto y del cerro donde caía iba a dar por un senderito directo a la puerta de su casa. Más choro que ese no he visto, la hacía siempre, a veces con bolsas en las manos con regalos pa’ la eñora y pal broca cochi.  

EL GATO 

Un día cualquiera a eso de las 11 de la mañana, iba caminando tranquilamente por calle Victoria casi al llegar a la avenida Argentina en Valparaíso, y jamás pensé que iba a presenciar en vivo y en directo la choreza más chora de un gato que se paró con tres perros. 

Estaba el gato en la vereda del frente cuando a unos 20 metros aparecieron dos perros, uno grande y otro más pequeño, ambos quiltros, el más chico comenzó a ladrar y el grande adoptó una posición de ataque, se agachó y se preparó a correr. El gato obviamente ya los había visto, pero no se urgió mucho, yo pensé este gato choro, total tiene todo controlado, puede meterse debajo de un auto estacionado y listo. Pero no, el gato a medida que los perros se iban acercando, no arrancaba, ni si quiera erizaba un pelo, esperó que se acercaran y cual boxeador empezó a pegar manotazos, en este caso arañazos que mantenían sus rivales a distancia. El alboroto empezó a subir y otro perro llegó desde la otra dirección de la calle, y el gato no se hizo ni un atao, se giraba sobre sí mismo y saltaba de un lado a otro y meta arañazos con los tres perros. En una de esas los perros lo acorralaron y él ágilmente saltó por entre los tres y corrió hacia la vereda del frente, donde estaba yo y otros comensales viendo la pelea, al cruzar, el gato más choro que he visto en mi vida no cachó que venía un auto, el que lo atropelló medio a medio, murió a lo choro.   

EL NEGRO 

Un día viernes, de hace unos cuantos años atrás, me junté con un amigo, el Jano Navarrata a tomar un pitcher en el  entonces popular Picante de subida Cumming, dijimos que nos íbamos a tomar solamente uno, que estábamos cansados, la clásica…nos terminamos tomando tres. Al salir del local con el hocico hirviendo comenzamos a bajar, según nosotros nos íbamos pa’ la casa, sin embargo al llegar a Aníbal Pinto, me encontré con un grupo de amigos que estaban bebiendo en plena vía pública, uno de ellos el negro Villarroel, sí, el Marcelo Villarroel, el mismo que hoy está nuevamente preso en la CAS en Santiago y otrora líder del grupo anarquista Kamina Libre. Bueno, el asunto que nos encontramos ahí y en conjunto decidimos entrar el Máscara pa’ seguir echando la talla. Entramos por unas moneas y el negro pudo pasar piola una botella de bebida grande con ron combinado con bebida. Estando adentro, y pueden imaginarse todos arriba del balón, nos cagamos de la risa acordándonos de historias pasadas, en una de esas fui al baño y al volver veo al negro rodeado de tres compadres que trabajaban en el local que estaban intentando o echarlo o quitarle la botella con copete que le habían pillado. Como el Villa es alto y no propiamente un pacifista, los compadres del Máscara no conseguían ni lo uno ni lo otro. La cosa estaba medio pelúa, me puse en medio y les dije a los socios que yo era amigo de uno de los dueños, el Michel, el hermano mayor de los hermanos propietarios del local, ya po’ si soy  tan amigo anda a buscarlo…bueno y partí a buscarlo. El local estaba lleno y tuve suerte, no me costó encontrarlo, lo llevé al lugar de los hechos en donde el negro mantenía a raya a los tres gorilitas, los que por más que intentaban quitarle la botella no lo conseguían, es más el negro entre forcejeo y forcejeo tomaba un trago de la botella. Cuando llegué con el Michel, sus trabajadores se calmaron un poco, y entremedio de toda la bulla musical, le contaban lo que estaban sucediendo, yo por mi parte y entero arriba del balón le transmitía por la otra oreja…el Michel, dice ya, no lo echen, pero que tu amigo entregue la botella, le digo al negro el acuerdo, pero claro está él no estaba ni ahí con hacerlo. Empezaron de nuevo los forcejeos y la cosa se puso brígida de nuevo. El negro empujó a todos los gueones pa’ atrás y gritó, ya les pasó la botella, todos se quedaron levemente tranquilos, el Marcelo pescó la botella que le quedaba casi la mitad de combinado y se la empinó, la bajó toda al seco y la entregó. Los dependientes del Máscara quedaron con la media vena, el Michel los agarró y se los llevó, no habían podido con la choreza del negro.

Historias reales, por
Richard Muñoz Ojeda

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